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viernes, 4 de febrero de 2011

Desde Al-Qahira, "madre de todas las ciudades", para Belit-Seri



Hay rumores de lágrimas en mis letras, Belit-Seri, y un semblante triste distorsiona las historias que te quiero contar. Una alternancia de verbos y conjugaciones va enhebrando imágenes de un tiempo nuevo que me sorprende, recortado de gritos y violencia. Estamos a la espera de un destino, a veces misterioso y otras amenazante, de unos dioses que ya no nos son favorables, convencidos de estar por encima de muertes y resurreciones.

Desde hace unos días la ciudad está llenas de ira y de sombras. Ahora no hay leyes, y el que sea más fuerte alcanzará el poder. Voces descompasadas flagelan el aire amenazando a todo aquel que no quiera comprometerse con la causa. Hombres, mujeres y niños transitan en una especie de euforia colectiva y temperamentos diferentes, pero todos dispuestos al sacrificio y a las ofrendas.

Belit, cuánto siento que no estés aquí, pero es lo más inteligente que puedes hacer. En estos momentos no tendrías ayuda ni de Héspero ni de ninguna de sus tres hijas; tuvieron que abandonar su jardín para no verse envueltas en la contienda. Llueven piedras en las calles que tantas veces recorrimos. En la plaza Tahrir el pueblo está dividido en dos, con las mismas caras, los mismos garrotes y las mismas piedras que se tiran. En la mezquita Sheikh Rakhab hay un grupo que ayuda a los heridos y un poco más allá, al otro lado del Nilo, unos cuantos jóvenes se acercan con no muy buenas intenciones. Las tiendas son saqueadas; ya no hay nada seguro en la tierra de nuestros mayores. El ruido y la violencia es ahora parte del ritual diario de un pueblo que conoce los sacrificios verbales.

Temo por la seguridad de nuestros mayores, Belit, por los que ya emprendieron el camino a través del Duat. Pobres almas que ven interrumpido su descanso. Temo por nuestra arquitectura, por los templos. ¡Son tan vulnerables en los disturbios! Hombres armados se han llevado objetos preciosos y han hecho destrozos en las imágenes que acompañan el sueño de nuestro Faraón. Ah, Belit, no dejo de pensar en aquel tiempo jóven, en nuestros paseos por las orillas doradas, en las dunas y en los oasis, en los sicómoros que nos amparaban del sol. Entonces nuestro mundo tenía un lenguaje amable e inéditas emociones.

Quizás ahí, en Alejandría, entre los monjes del monasterio donde te alojas, no hayan llegado todavía estas tristes noticias. Pero no tengas miedo por mí. Me retiré a la mezquita de Muhammad Alí, en una pequeña montaña en la ciudadela de Saladino. Ya en otros tiempos sirvió de refugio para muchos y estaré segura. Sin embargo, me apena que tus noticias se retrasen: no se mira con buen ojo todo aquello que llegue de fuera. Y recordando al monje de esa famosa Cantiga que mencionas de Alfonso el Sabio, también tu verás todo cambiado a tu regreso. Lo que no encontrarás es el Paraíso porque aquí no hay felicidad, de momento.

Uxa

1 comentario:

Javier Martinez V. dijo...

Tienes un estilo poético para entregarnos la tristeza de un pueblo que hoy se haya envuelta en la violencia... Que estilo tan fino el tuyo para redactar tus textos, me agrada.

Recibe un gran abrazo.